SACRISTÍA DE LAS CABEZAS

Obra de las más importantes del Renacimiento español. Su diseño se debe a Alonso de Covarrubias, y su ejecución a diversos maestros: Francisco de Baeza, que se documenta su intervención como aparejador; Nicolás de Durango (1535); el maestro seguntino Martín de Vandoma (1554), etc., entre ellos.

Consta de una suntuosa portada renacentista, erigida en 1573, en la que intervienen los entalladores Juan y Pedro de Buega (1592-1593), bajo la dirección de Juan Sanz o Sánchez del Pozo (1571-1572), con columnas adosadas sobre altos pedestales, y se completa con varias hornacinas conteniendo esculturas de apóstoles. Los batientes de las puertas, de nogal, con tallas platerescas, con diversas santas, son magníficos bajo la dirección del maestro seguntino Martín de Vandoma. El interior se forma por una estancia, dividida en cuatro tramos, de planta rectangular. Su bóveda es encañonada y sorprende por la extraordinaria decoración del techo. Se cubre con centenares de casetones con 304 cabezas grandes y expresivas y más de 3000 en menor tamaño, a base de rostros sobre medallones, rosas y angelotes. Una serie de enjutas en los arcos laterales, del friso, etc., componen un conjunto iconográfico y ornamental único en España.

Las cajonerías son de nogal con tallas platerescas, obra del maestro seguntino Martín de Vandoma.

La Capilla del Espíritu Santo se abre, a la sacristía de las Cabezas, por medio de una portada, muy ornamentada, con arco de medio punto y reja bellísima, de hierro forjado, obra de Hernando de Arenas (1561), que no hizo la traza, sino que trabajó según dibujo ajeno, del famoso Xaimete o Xamete, que vivía en Cuenca y hacía dibujos por encargo para altares y monumentos. Es muy probable que no fuera esta la única traza que Xaimete dibujara a Arenas, ya que existe gran semejanza entre esta reja y la de la capilla de la Asunción de la catedral conquense, por lo cual debe ser aproximadamente de la misma época.

Esta capilla de las Reliquias y del Espíritu Santo, del siglo XVI, es de planta cuadrada, con interesante y complicada decoración plateresca en los muros, rematando en una bella cúpula hemiesférica sobre pechinas, y toda ella profusamente exornada con telamones, cariátides, tallas-relicarios de santos, apóstoles, evangelistas, profetas, sabios y altorrelieves, etc. Esta pieza es del maestro seguntino Martín de Vandoma, con quien colabora fundamentalmente maese Pierres (1524-1566), ejecutando las alegorías de la Ciencia, la Piedad, la Caridad y la Fortaleza, destacando las magníficas esculturas que decoran y realzan el monumentalismo de esta capilla, que es obra sumamente característica del manierismo.

Lo más digno de admiración es la pintura sobre lienzo, obra del pincel de aquel Doménicos Theotocópulos, que fue llamado «el Greco». Su inspiración más celeste que humana. La vista no se cansa de contemplar dentro de un rico y personal cromatismo, pleno de luminosidad, la fuerza de las alas del arcángel; el ritmo ingrávido de su cuerpo, movido únicamente a impulso de su espíritu, sin esfuerzo muscular alguno; la verticalidad que sugiere el conjunto de su figura anhelante, apoyada en escultórica nube; la suave intensidad expresiva del místico coloquio, acompañado de una gesticulación finamente reposada y deprecatoria; el acentuado alargamiento de rostros, manos y puntiagudos dedos, por los que, como se ha dicho, parece que va a escaparse el alma; el bello y amplio rompimiento del cielo, con la aparición, entre áureos fulgores, del Divino Espíritu, escoltado por querubines, y se deducirá que esta Anunciación cretense de la catedral de Sigüenza es una de las más exquisitas y espirituales versiones del augusto Misterio. Corresponde a la última fase del artista, principios del siglo XVII.