UN RECORRIDO POR LA CATEDRAL

Una propuesta estival para conocer el principal monumento de nuestra tierra y una de las diez mejores catedrales de España.

 Jesús de las Heras Muela

 

Será un paseo por la historia, por el arte, por la religiosidad. Será una cita y un encuentro con el principal monumento de la provincia de Guadalajara y diócesis de Sigüenza-Guadalajara y con una de las diez mejores catedrales de España. Porque hacer la afirmación no es “chauvinismo” alguno, es pura verdad. Descontadas las cinco grandes catedrales españolas –Sevilla, León, Santiago, Burgos y Toledo-, entre las cinco siguientes aparece, sin duda, la Catedral de Sigüenza, junto a las de Salamanca, Barcelona, Palma de Mallorca, Oviedo o Murcia.

Hace medio siglo el gran crítico e historiador del arte José Camón Aznar describió hermosa y atinadamente la catedral seguntina con estas palabras: “Una vez más en tierras españolas, un exterior hosco, macizo y de bélica rudeza, encierra los primores más delicados del arte. Así es la catedral de Sigüenza, cuyo proceso constructivo nos permite seguir la misma evolución del arte cristiano desde el siglo XII”. Y José Ortega y Gasset escribió poéticamente sobre ella: “La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora del amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, una bajel secular que lleva bogando hacía mi…”


Desde el siglo XII

Consta que la actual iglesia de Santa María de los Huertos (S. XVI), en la Alameda y actual templo del monasterio de las Monjas Clarisas, se levantó sobre las ruinas de la primitiva Catedral seguntina, reconocida como Santa María de Medina o Santa María Antiquísima.

Reconquistada Sigüenza del poder musulmán en el año 1124, gracias a su preconizado pastor, Bernardo de Agén, obispo y guerrero, este procedió enseguida a la construcción de un templo catedralicio que sirviera, a la vez, de fortaleza militar. La actual Catedral no es, como afirma el historiador local Felipe Peces, “ni en su elevación ni en sus proporciones la que erigió el Obispo Bernardo de Agén en los años de su pontificado”.

En el año 1138 el Emperador Alfonso VII donó al Cabildo la propiedad del terreno sobre el que se levantó la Catedral. Inmediatamente después, en torno a 1140 o 1144, comenzó el culto en el templo, erigiéndose quizás alguna pequeña iglesia previa.

Los Obispos Pedro de Leucata (1152-1156) y Cerebruno (1156-1166), sucesores inmediatos de Bernardo de Agén, dieron gran impulso a la construcción del edificio. Fue el Obispo Martín de Finojosa (1186-1192) quien promovió la construcción de una gran Catedral gótica, puesta en “hombros” de la románica.

El 19 de junio del año 1169, siendo Obispo de la diócesis Joscelmo Adelida -también llamado Goscelmo o Joscelino-, tenía lugar la consagración y dedicación de la Catedral de Sigüenza. La fiesta litúrgica de la dedicación de la Catedral se celebra el 19 de junio. La Catedral seguntina fue declarada Basílica por el Papa Pío XII en 1948, siendo litúrgicamente dedicada o consagrada como tal Basílica, quedando como muestra de ella las cruces rojas basilicales sitas en las naves del templo. Era Obispo de la diócesis seguntina Luis Alonso Muñoyerro.

La primitiva planta de esta catedral es del siglo XII, en su mitad, perteneciente al estilo cisterciense, de cruz latina con tres naves, torres cuadradas en los ángulos accidentales, cimborrio sobre el crucero y dos torrecillas en los extremos de este. Al norte, a comienzos del siglo XVI se levantó el claustro principal, gótico tardío. La fábrica primera es de dos estilos superpuestos; uno románico avanzado y otro, gótico incipiente. La girola y otras dependencias pertenecen a los siglos XVI-XVII.


Descripción de la Catedral

En la construcción de la catedral, podemos distinguir tres grandes períodos globales. El primero corresponde a la catedral medieval, entre los siglos XII-XV, a la que pertenecen las torres y las fachadas, las naves interiores, la capilla del ábside, la capilla mayor, la capilla de los Arce y el claustro.

La segunda época corresponde a la catedral renacentista y plateresca, con el retablo de la capilla mayor, ornamentación de la capilla de los Arce, Retablo de Santa Librada y Mausoleo de D. Fadrique de Portugal, Coro y Trascoro, Sacristía de las Cabezas, Capilla del Espíritu Santo, Girola, capillas laterales, capillas de San Pedro, de la Anunciación, de San Marcos, del Cristo de la Misericordia y otras dependencias menores.

A partir de la primera mitad del siglo XVII, llega la catedral barroca, una de cuyas muestras es el retablo de la Virgen de la Mayor, en el trascoro. El Neoclásico también dejó hermosas muestras en la Catedral como la puerta del mercado.


La Catedral en la Guerra Civil

Este hermoso templo catedralicio quedó muy deteriorado durante la última Guerra Civil española (1936-1939). El crucero, la capilla mayor, las torres del poniente y del mediodía, el coro, el púlpito del evangelio, las capillas de Santa Librada, el retablo de D. Fadrique, el retablo de la Virgen de la Mayor, los bellos rosetones, el magnífico órgano y otros elementos quedaron profundamente dañados durante los días de la liberación de Sigüenza. Sus valores artísticos más valiosos -las alhajas, el viril de la custodia, una custodia del siglo XVI, algunos tapices flamencos, vasos sagrados, el cuadro de la Anunciación del Greco…- habían desaparecido; los valores bancarios, usurpados; el archivo-biblioteca, hundido; el mobiliario destrozado y sus fondos, dispersos.

Asesinado el 27 de julio de 1936 el Obispo diocesano Eustaquio Nieto y Martín, correspondía al menguado Cabildo Catedralicio, tras la entrada en Sigüenza del ejército nacional, la elección de un Vicario Capitular. Quedaban vivos tan solo cuatro canónigos. Fue elegido el arcediano Hilario Yaben Yaben. A él le correspondieron las primeras, apremiantes e imprescindibles obras y gestiones de reconstrucción de la Catedral.

Tras el final de la Guerra, el Gobierno del General Franco asumió la reconstrucción. El 27 de julio de 1946 la Catedral seguntina, cicatrizadas sus heridas, era solemnemente reabierta.


“La Fortis Seguntina”

El edificio de la catedral ofrece semblante militar, respondiendo a una de sus primitivas funciones de templo-fortaleza, la “fortis seguntina”.

El conjunto, y, de forma especial, el interior respira austeridad, energía, armonía y recogimiento. Así, la catedral de Sigüenza -que debe figurar entre las diez/doce mejores catedrales de España, como decíamos al comienzo- ha merecido encendidos elogios de historiadores, críticos, artistas, turistas, visitantes, literatos y ha generado una bella y amplia literatura.

Tal vez su elemento más destacado y el que reporta una mayor celebridad a la catedral seguntina sea la singular y bellísima estatua yacente del Doncel, D. Martín Vázquez de Arce. Se trata de una extraordinaria escultura en alabastro de finales del siglo XV, trazada en el estilo gótico isabelino y revestida ya de los primeros atisbos del Renacimiento. La escultura del Doncel es un elogio al mejor humanismo, rezumante de espiritualidad y trascendencia, de gallardía e idealismo. Es emblema de la mejor España, entonces todavía alboreante. La obra destila belleza, lirismo y hasta melancolía. Su autoría permanece anónima.

Otros elementos de primer orden son la sacristía de las cabezas, diseñada por el gran Alonso de Covarrubias; los púlpitos de la capilla mayor; los retablos platerescos de Santa Librada y de D. Fadrique de Portugal en el transepto de la nave del Evangelio; la fachada mudéjar de la capilla de la Anunciación, un prodigio alabastrino de arte múdejar; el claustro tardogótico;, un cuadro del Greco –la Anunciación-y otro quizás de Tiziano –el Santo Entierro-, ahora en exposición en el vecino Museo Diocesano de Sigüenza; y la sencilla y elegante custodia procesional del día del Corpus, de finales del siglo XVIII.


Lo que es una catedral

Pero una catedral es mucho más que un museo, que un conjunto extraordinario de arte y de historia. La catedral es un edificio religioso. Es el primer –“caput et mater”- edificio religioso de una Iglesia local o diócesis. Es la cátedra del Obispo –de ahí su nombre de catedral-, donde ejerce en plenitud su misión docente al servicio y para la edificación del pueblo santo de Dios que le ha sido confiado. Es su sede –de ahí el nombre que también reciben las catedrales como seos-, desde la que rige y pastorea a este pueblo. Es su alma y corazón sacramental, donde el obispo de la diócesis ha de celebrar las principales funciones y celebraciones litúrgicas, significando y simbolizando con ello su ministerio de santificación, prolongado diariamente por el rezo coral de la Liturgia de las Horas a cargo de los canónigos, los sacerdotes de la catedral. Por todo ello, la catedral es fuente de comunión de toda una diócesis, es su templo primero y más sagrado. Es la casa –el “duomo” en italiano- de toda la Iglesia diocesana.

Las catedrales del Medievo se levantaron todas ellas bajo la tutela, patrocinio y protección de las reliquias de un mártir, en la catedral seguntina la joven mártir aquitana del siglo IV Santa Librada, traída en el siglo XII por su paisano el Obispo Bernardo de Agén.

El misterio de la Asunción de la Virgen María a los cielos es, mucho antes de su definición dogmática en 1950, la advocación patronal de la diócesis, como muestra el escudo catedralicio y del cabildo con el emblemático razón de azucenas.


Un edificio religioso, una catequesis en arte

La catedral, toda catedral, es un espacio religioso, un inmenso sagrario que, en la catedral seguntina, encuentra los dos ámbitos privilegiados del altar de la Virgen de la Mayor –la Señora del templo, presente en el mismo desde su construcción- y, sobre todo, la capilla del Santísimo Sacramento, ubicada en la capilla de la girola – prolongación en forma de corona de la cruz- de la nave de la epístola. Esta capilla está dedicada además al Cristo de las Misericordias, una esplendorosa y a la par sobria y austera talla de finales del siglo XVI, anuncio de la exuberante imaginería religiosa del barroco. El Cristo de las Misericordias es el Cristo de la agonía, es el Cristo de la lucha, es el Cristo del “Padre, pase de mí este cáliz” y, a la vez, del Cristo de “en tus manos encomiendo mi espíritu”. Es el Cristo Dios y hombre verdadero. Nunca más Dios ni nunca más hombre que en la cruz, muriendo, amando, redimiendo. Nunca más Dios ni más hombre que luchando y sufriendo como muestra su anatomía en movimiento y en escarnio y su mirada serena, apacible y transfigurada, testigo del “todo está cumplido”.